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28/10/09
Ser voluntario en Cal Pau, en Meki, es una experiencia única incluso para quién como yo, ha hecho voluntariado antes.
Entrar por el portón del orfanato al grito de ¡Salam! y ver el pequeño paraíso en que han convertido el complejo, Lourdes y sus colaboradores, es darte inmediatamente cuenta de que el empeño y cariño de estas personas, puede cambiar radicalmente las vidas de muchos niños. Los peques de Calpau viven en condiciones mucho mejores que las de cualquier otro niño en Meki, es una gran ironía y un logro mayor, que niños abandonados, sin familias, sean tan afortunados como para haber caído en manos de este maravilloso proyecto que les garantiza la higiene, el alimento, la educación, y el cariño. Su mayor desgracia se ha convertido en su gran fortuna. Ser voluntario en Cal Pau es intentar echar una mano cuando 6 de los 10 bebés lloran a la vez porque es hora del biberón y sólo hay 4 manos que pueden alimentarlos en paralelo, es ponerse una nariz de payaso y pintar caras aun más sonrientes, es dar de beber cada dos horas a un niño para que se recupere de una severa deshidratación, pero sobretodo, es entrar a formar parte, por un breve espacio de tiempo, de una realidad radicalmente distinta y alejada a la nuestra que, aunque dura, nos permite partir de allí llenos de esperanza.
Begoña de las Llanderas
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